Una mañana de primavera Ruth comienza a recordar quien es ella en realidad.

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Ya amaneció. Hay silencio. Siempre hay silencio. Ruth se levanta buscando a alguien para platicar. Está algo feliz. Su cuerpo comienza a parecer el de una mujer. Quiere contarle a alguien lo que siente. Pero no hay nadie aquí. El silencio retumba en los cuartos blancos de la casa. Tantas habitaciones blancas llenas de camas y vacío. Seguramente los niños salieron a jugar. Ella es la única chica en este dormitorio. Las niñas le temen, y los niños la tratan como uno de ellos.

Debieron irse a jugar futbol. Es muy temprano para eso. Ruth entra al baño, el único lugar con un espejo. Nunca tiene tanta privacidad como ahora que todos se han ido. Se quita la ropa para mirarse frente al espejo. Mira su cuerpo, y piensa que harían las otras niñas. Irían con sus mamás, piensa. Son tan empalagosas.

No soy de aquí

Se mira a si misma buscando algo que sea diferente. Ha visto a las otra niñas, pues aún cuando duerme en el dormitorio de niños, la obligan a usar los vestidores para niñas. A veces las espía, para saber como son su cuerpos. Quiere saber como se ven, y descubrir que es lo que es diferente en ella. Pero, ahora que se contempla a si misma frente al espejo, se da cuenta que se ve como una de ellas.

Sabe que es diferente. Ha estado soñando con cosas tan extrañas y disparatadas. No pueden ser reales, pero si lo fueran… Tal vez eso es lo que la hace diferente. Da una última mirada, para ver si encuentra finalmente algo extraño. Pero todo está donde debe estar.

Se echa una toalla encima, y camina de vuelta a su habitación. Camina por enfrente del gran ventanal que da hacia el parque. Una mujer pasea una carriola. Ser madre no parece la gran cosa. Muchas de esas niñas que no soporta sueñan con ser madres. Ellas sueñan con tantas cosas. Encontrar una pareja que las haga soñar, hacerse famosas, exitosas, ser recordadas y amadas, reconocidas por su genialidad, alabadas por su hermosura. Ruth mira de nuevo a esa niña que finalmente se convirtió en madre y ahora pasea a su bebé mientras discute los ajustes que su equipo debe hacer al diseño del último transporte espacial.

Los niños no se quedan muy atrás. Ellos sueñan con un harem de 400 mujeres u hombres para cada uno de ellos, en convertirse en súper estrellas del deporte, la actuación o la tecnología, ser tan brillantes y atractivos que solo baste con un chasquido para que el mundo se rinda a sus pies.

Ruth sabe que ella no es una más, ni tampoco Ran, pero no encuentra cual es la diferencia. Finalmente el ser renegados no los hace especiales, pues siempre ha habido gente diferente.

¿Qué miras? – pregunta Ran.

Ruth se ajusta la toalla, y sin quitar la vista de la mujer del bebé, toma a Ran de la mano – Nunca hemos necesitado padres, ¿verdad?