Nacida más de un siglo atrás, es una de las pocas personas que vivieron la gran guerra.

Karen Wall y Annie Gardel (2063)

Nací en una época diferente. Los tiempos se agitaban ya. Crecí con una mezcla de libertad y miedo. La civilización había alcanzado su pico, el clima cambiaba vertiginosamente y el Mauna Kea seguía arrojando lava. A los 17 años me fui a vivir a California. Iniciaría mis estudios. Era el 2062, el año que comenzó el miedo. Fue gradual. El fundamentalismo poco a poco comenzó a abarcarlo todo, y confluyó en una de las áreas más sensibles de la ciencia: la genética. Por una parte estaban los necios que buscaban el anhelo de perfección, por otra, los radicales que se oponían. Una historia en la televisión, tres años antes, lo desató, y fue creciendo exponencialmente.

Primero los reclamos de millones indignados por la minoría que pagó millones para hacer a sus hijos perfectos o mejorar sus propios cuerpos años atrás. Como es clásico, a la indignación siguió la aceptación, y luego la demanda desmedida de tales reparaciones genéticas a escala global. Por su puesto, pocos podían costear los tratamientos. Para el 2060, existían ya grupos radicalizados, muchos de ellos ligados con extremistas religiosos (de todas las grandes religiones), en oposición a los millones desesperados por juntar dinero para lograr vivir doscientos años.

El primer ataque fue en el 2061, una solitaria explosión en una clínica genética en España, a manos de una organización pseudo religiosa ultra conservadora. Las condenas de los líderes mundiales no se hicieron esperar, y, como a principios de siglo, prometieron seguridad, eliminación del radicalismo, y paz eterna. Los ataques se hicieron más frecuentes en el 2062, sumiendo al mundo en la histeria y paranoia.

Así viajé a San Francisco. A principios del 2063, las clínicas en la mayoría de los países fueron cerradas, y las turbas furiosas se lanzaron a las calles, pues los precios de los tratamientos habían bajado, y la mayoría no estaba dispuesta a morir a la tierna edad de 75 años. Yo vi uno de esos enfrentamientos. La gente comenzó a volverse loca. La euforia mundial se desató. Entonces comenzó el ataque. Extremistas sembraron bombas en todo el mundo, y en un solo día, explosiones en 200 ciudades mataron a millones.

Sobrevino la ley marcial en el mundo, y las acusaciones entre países. Aún los más pacíficos reaccionaron. La universidad resultaba tensa. Protestas por todas partes. Peleas entre estudiantes, soldados y policía. La noche del viernes 7 de marzo de 2064, mientras mirábamos atónitos las pantallas observando el osado ataque a Asia Oriental, llovió sobre la ciudad fuego. El terror fue tremendo. Nunca supimos quien atacó, lo único seguro es que era la respuesta. Fueron solo 10 días.

El día 3, varios de los estudiantes de mi dormitorio decidimos escapar a México, con ayuda de uno de los niños ricos del lugar. Para el día 5, llegamos a la Ciudad de México, para descubrir que esta era una verdadera guerra global. El día 6 una explosión nos alcanzó…